sábado 12 de febrero de 2011

Chocolito y Dios

La reciente inauguración del Metro de Santiago hasta Maipú me ha cambiado la vida. Puedo decir que aprovecho más mi tiempo y no quiero ni sacar la cuenta de las horas que perdí en micros precisamente por no tener Metro. Sin embargo, metro y micro, como medios de transporte, son muy disímiles no solo por el tiempo que te hacen invertir, sino que también por las experiencias que se viven en ellos. Definitivamente me quedo con la micro cuando se trata de cosas ‘freaks’ que me impactan y me dejan marcando ocupado varias horas o días. Es una de estas experiencias la que motiva mi retorno como blogger.

Cerca de la estación Universidad de Chile se sube una niña a un bus cuncuna, la niña, de unos 10 años, viene llorando de un modo muy poco creíble y, en mi opinión, muy muy irritante. Se sienta en un asiento junto a la ventana que da al sol, tras ella viene el que supongo era su hermano, se sienta a su lado y ella comienza a darle patadas y a aumentar su falso llanto con gritos. El niño, que tenía unos 7 años, se para y se cambia de asiento a la sombra. Luego, llega a la escena una mujer a muy mal traer, antes de sentarse junto a la niña llorona le grita a esta misma que si acaso era hueona o que, que como se le ocurría sentarse en el sol. La mujer se sienta y la niña sigue con su llanto. La niña se para y se sienta en la sombra. Se sube un heladero al que los niños llaman, pero luego no le compran porque la señora, quien probablemente era su mamá, jamás los mira ni se da por enterada del intento de transacción. El heladero se baja molesto. Sube otro heladero y la niña, que sigue llorando, le grita a la señora que quiere un helado porque tiene mucho calor. La señora le responde muy naturalmente que si en vez de un helado no quiere un combo en el hocico mejor. Frente a esto, mi supuesta indiferencia (mirando por la ventana) con toda esta escena ya no pudo pretenderse más y volteé para ver a toda esta “familia” y encarar a la matriarca. La niña reaccionó con más llanto falso. El segundo heladero también se bajó molesto. Se subió un tercer heladero, al que la madre llamó para preguntarle cuánto costaban los helados, luego de la respuesta ($ 200), la madre replicó que eso era un robo, que se guardara sus helados. El tercer heladero se bajó molesto.

Luego de toda esta escena que debe haber ocurrido en unos 25 minutos y que tenía a todos los pasajeros muy inquietos, la violenta mujer saca de entre sus cosas un Antiguo Testamento. Mi rostro se deformó, me quedé sin palabras, sin aire.

Finalmente, los valores que muchas personas pretenden adquirir de este libro o de otros con igual valor pedagógico, se convierten en una fachada de ‘bondad’ e ‘intelectualidad’. Es una idea bien esparcida que leer es bueno, y qué mejor ‘imagen’ para el resto que uno lea la palabra de Dios, porque no es lo mismo leer esta palabra que la de uno hueón que nadie conoce (un tal Kafka, un Baudelaire, un Borges, o peor aún, leer a alguna mujer ociosa y desconocida, una Eltit, una Bombal). El problema es que muchas personas creen que el valor de la literatura es lo que otros van a pensar de ti por ser un “lector”, como si el libro por sí solo cargara un “incrementador de reputación”, pero la triste realidad, finalmente, es la cachetada, el grito y el insulto como estilo de vida y como única forma de existencia, castigo que reciben sus propios hijos a vista y paciencia de decenas de usuarios de nuestro Transantiago.