domingo 24 de junio de 2007

Condorito




Es un lugar diferente enclavado en la Gran Avenida. Es diferente porque en otras partes de su gran extensión, esta calle es más bien tosca, tenebrosa, poco decorada, pocos árboles, poca invitación al transeúnte a detenerse. El lugar en el que me sitúo, escapa al entorno desolado de la calle, es un área verde extensa, es un parque lleno de dibujos. Esculturas sobre el pasto, cuadrados de cerámica con dibujos, también sobre el pasto. El lugar es una suerte de Oz en medio de la nada. Al frente, un supermercado transparente, sí, transparente, que muestra como muñecos deslizarse lentamente a cada visitante, sobre las escaleras mecánicas unos suben y otros bajan al mismo tiempo, reproduciendo una suerte de casa de muñecas automática.
Es de noche, pero en el lugar hay varias personas. Sentadas a lo largo del parque las parejas reemplazan a los niños que, me imagino, lo pueblan en las tardes. La escultura de Condorito está sola. Mientras me detengo a mirarla, una pareja también se detiene, puede que me equivoque, pero creo que lo hacen solo porque estoy al frente observándola como un objeto interesante (brazos cruzados, mano en el mentón, a ratos me agacho para observar los detalles). Se van inmediatamente.
Aquel lugar que me parece tan infantil, o por lo menos, tan proclive a la presencia de niños, sobre todo un fin de semana, está lleno de adultos. Ellos pretenden serlo, pero quizás no lo sean aún. Son adultos representando un rol, como en un juego, como un niño que juega a ser guerrero, a ser mamá. El adulto juega a ser adulto, el adulto juega a que le importa la escultura, sin mirarla, sin jugarla. El adulto juega a que va al supermercado, como algo serio que hacen los adultos, sin darse cuenta que el territorio ha sido acomodado para que no sean más que unos muñecos.
Condorito también juega, juega a que representa al chileno. Es un cóndor antropomorfo, pero flaco, débil, lejano a la entereza y altura del ave real, Condorito juega a que es un cóndor. Condorito, como personaje, juega a representar al típico roto, con sandalias y ropa vieja, con picardía, al chileno que juega, que se condorea, es el que se divierte y divierte.
Condorito mira hacia la Gran Avenida, pero su poto mira hacia el Llano Subercaseux. Condorito se enclava en la parte más high de San Miguel, pero para mostrarle el poto, como en otro juego, como en otro rol. Condorito es de Pelotillehue, qué otra opción tiene entonces si no es darle la espalda a aquel otro lugar, tal como a “Buenas peras”, el lugar ‘bien’ no es el de Condorito, por eso les muestra su poto reluciente de piedras de mosaico. Condorito continúa el juego del lugar, todos representan a alguien y él no es la excepción. El lugar es predominantemente pueril, pese a la ausencia de niños.
Condorito es imponente, de enorme tamaño, crece aún más pues ha sido colocado sobre una base de cemento que me llega casi hasta la cintura.
Pese a lo imponente de la figura, pese a su gran cabeza desproporcionada para el tamaño del cuerpo, pese a la enormidad de sus pies que muestran al aire libre los dedos que son del porte de la palma de mi mano. Pese a que incluso su perro es de un tamaño lejanamente humano. Nada le sirve a Condorito para atraer las miradas, nada. Su gran cuerpo teñido de brillantes, adquiere nuevas dimensiones. Lo hemos visto del tamaño de una viñeta, y una vez que ha conseguido salir, se ha multiplicado, se ha vuelto mil veces más grande e incluso ha cambiado la opacidad de sus colores. Pero no. Condorito es conocido, la mayor parte de los peatones que pasa por ahí sabe que está en el parque de las esculturas y que se topará con el famoso comic en algún momento. Asimismo la mayor parte de los chilenos, aunque no haya leído la historieta también sabe quién es Condorito y conoce además a sus personajes. Pero no, eso tampoco. Los esfuerzos de ese roto chileno no dan resultado, ya ni crecer le sirve, ni salir del papel para que lo vean frente a frente. Condorito ya no hará nada, porque se sabe parte del juego.
A primera vista, Condorito parece no afectar el lugar, no es visto, ni jugado, ni tocado. Atrás quedaron sus días de gloria, pero qué más da. Condorito juega solo, consigo mismo y con el paseante, el único paseante que a esa hora realiza el recorrido mapeado de azulejos que te llevan hasta él. Condorito se sigue riendo eternamente, ya no exige explicaciones, ya nada le afecta.